Era un cálido día de verano, el sol estaba en lo más alto del cielo, iluminando todo, dando color a las sombras. Me llevaste a un prado, el paisaje agreste y nosotros ahí, tumbados, mirándonos. Jamás olvidaré tu mirada que se posaba en cualquier rincón de mi rostro, haciéndome sonrojar por la vergüenza de tal escrutinio. Tus ojos negros como el carbón y penetrantes como la noche me hacían temblar con cada mirada. En cada punto en el que posabas tu mirada, una ráfaga de viento pasaba por esa zona, haciendo que me estremeciera hasta la médula. Una sonrisa traviesa solía asomar por la comisura de tus labios, sobre todo cuando no sabía de qué estabas hablando, cuando me decías cosas preciosas en latín con tu voz ronroneante, como un felino. Y así te movías, como una fiera sigilosa, lista para atacar en cualquier momento. Tus manos eran como imanes que siempre tocaban cualquier rastro de mi piel, dejando un reguero de escalofríos allí por donde se posaban como ligeras mariposas. Ese día fue el más maravilloso de mi vida. Me vendaste los ojos y me llevaste allí, en medio de la nada, conduciendo tu moto como un loco, aun sabiendo que no me gustaba nada la velocidad. En ese mismo prado te me declaraste, me dijiste las palabras más bonitas que me podía haber imaginado: “Te quiero y solo a ti. Quiero estar contigo para siempre”. Yo no sabía qué hacer, si llorar o ponerme a saltar de la alegría. No me diste tiempo a reaccionar antes de agarrar mi nuca y posar tus labios sobre los míos, en un mero roce, una simple caricia. “¿Lo prometes?” te pregunté pues estaba un poco confusa respecto a tus sentimientos. “¿El qué?” me preguntaste tu. “Que te quedarás conmigo siempre y nunca me abandonarás”. “Eso no debes dudarlo. Eres todo lo que yo más quiero y daría mi vida por estar para siempre contigo”. Mi rostro estaba conmocionado, ¿acaso se podía ser más feliz? La tarde fue maravillosa, estuvimos juntos, abrazados en el campo, mirando las mariposas revolotear a nuestro alrededor y los pájaros deleitándonos con sus canciones. Pero jamás pensé que aquello ocurriría. En el trayecto hacia mi casa, aceleraste y sin darte cuenta te comiste una curva, haciendo que la moto diera una vuelta en el aire y cayera por el precipicio. Yo llevaba tu casco de la suerte, porque habías insistido en que nada malo me ocurriría, y te hice caso. Solo unos cuantos arañazos se veían en mis brazos, me quité el casco y me restregué los ojos para ver mejor. La arenilla que había provocado el impacto no me dejaba ver con la suficiente nitidez dónde estabas. Me levanté con cuidado y te encontré… Tu cabeza había tenido la mala fortuna de golpearse contra una piedra, dándote en la sien. Solo se veía un charco de sangre carmesí a tu alrededor y no dabas señales de estar vivo. Las lágrimas se agolparon en mis ojos, sollocé y empecé a llorar, posando mi cabeza en tu pecho. Aún te quedaba un aliento de vida, me acariciabas el pelo y me decías “No llores mi amor. Todo saldrá bien, siempre estaré contigo”. Llamé con manos temblorosas a los Servicios Sanitarios, no tardaron en llegar. Pero no llegaron a tiempo para salvarlo, antes de que pudieran acercarse a nosotros, sentí como la vida era expulsada de tu cuerpo, dejándolo frio e inerte. Desde entonces, desde ese día, cada año voy al prado… Nuestro prado y te dejo un ramo de rosas rojas, aunque todos los días conviva contigo. Sé que tu presencia me persigue, estás a mi alrededor día y noche, se que ahora eres mi ángel de la guarda.
Es ahora cuando me pregunto si estas cosas simplemente son posibles, un contraste tan grande de felicidad y dolor
ResponderEliminarQue extremadamente felix y que desgraciadamente triste es tu historia. Sin palabras. Es maravilloso, enhorabuena :)
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